Reflexiones de una pérdida emocional

Thoreau dijo que para comenzar a entendernos primero hay que perderse.

Y así es como yo me he sentido durante los días que no he visitado el blog.

Estar perdido es una puta angustia. Te sientes totalmente desmotivado: otra mañana más, siempre el mismo recorrido al trabajo, otra vez a hacer la compra, la misma gente a mi alrededor, esta maldita ciudad que comienza a hartarme… Es como conectar un piloto automático y dejarte llevar. Sin sentir lo que haces.

Cuando estás perdido es realmente difícil practicar la gratitud o la empatía, porque sinceramente todo te importa un pimiento.

Cuando estás perdido te encuentras dando a tus colegas unos increíbles consejos de cómo perseguir sus sueños y pasiones. En otras palabras, algo que tú no tienes el más mínimo interés en hacer en ese preciso momento.

Estás vacío de emociones positivas. Estas vacío de todo tipo de emociones realmente. Pero llega un momento en el que hay que hacer un alto y mirar hacia dentro a ver qué ocurre. Entonces es cuando descubres la verdadera razón de la pérdida y en mi caso estaba clara: tenía miedo.  

Hay una preciosa frase de Maya Angelou que refleja muy bien la situación: “No hay mayor agonía que luchar contra una historia inacabada dentro de ti”. Había que cerrar esa historia. Gracias Maya.

Y mi historia era la misma que le ha sucedido, sucede y sucederá a muchas personas: ¿Estaba haciendo las elecciones acertadas? ¿Estaba viviendo la vida que esperaban los otros de mi?

Podía fracasar y tenía cosas que perder.  Además, la soledad se convierte en algo realmente duro. Mi salud entraba en juego también, esto ha sido quizá lo que más me ha desubicado. Y a esto había que sumarle el delicado tema de mi identidad. ¿Quién era? ¿Quién sería yo sin una identidad?

Pero no quería mirar hacia atrás arrepentida por lo que no me había atrevido a ser. Así que no me quedaba más remedio que ser yo misma aceptando que mi identidad variaría a lo largo de la vida  y es por eso que nunca estará totalmente definida.

Y dándome permiso para continuar, eliminando las barreas, encontré una sensación increíble y realmente buena.

Así que si estos días no vuelvo a escribir dudo mucho que es porque esté perdida, pero si lo vuelvo a estar, intentaré recordar este momento y lo aprendido en él: Al final de la niebla siempre hay luz y esa persona que resurge es sorprendente, lo suficiente para decir: “Ey, ha valido la pena perderse”.

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